los constructores de moais
 


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Concluida una primera fase de asentamiento, los arqueólogos hablan de un segundo período de esplendor clásico que abarca unos 800 años (desde principios del siglo IX hasta mediados del XVII) y está caracterizado por la construcción de los grandes monumentos megalíticos denominados moais.

Fascinantes enigmas de un tiempo pasado, los moais se alzan por toda la costa oteando un horizonte sin fin por toda la eternidad. En total hay 887 en Rapa Nui, de los cuales 288 están terminados y levantados sobre un centro ceremonial (ahu), 397 se quedaron inconclusos en las canteras y 92 a medio camino. Alcanzan unos 4 metros de altura media y 12,5 toneladas de peso, aunque alguno, como el moai Paro mide 10 metros y pesa 85 toneladas. En general, presentan rasgos acusados y aguileños, grandes orejas y, en ocasiones amplios sombreros muy pesados (ton pukao).

Estas enormes cabezas, que probablemente representaban a los ancestros míticos de los principales linajes, se tallaban en canteras situadas en las laderas del volcán Rano Raraku. Los moais inacabados nos permiten hacernos una idea sobre cómo era el proceso para levantar uno de estos colosos.

Primero los esculpían sobre la roca madre, en posición horizontal, dejando una pequeña quilla a la espalda del moai. Concluida la parte de delante, rompían la quilla y la estatua se deslizaba por la ladera hasta un pequeño foso realizado ex profeso , donde ya resultaba fácil levantarla para terminar de tallar la espalda.

Se tallaban directamente en la roca

No se sabe con certeza cómo las transportaban finalmente hasta el centro ceremonial desde el volcán, tal vez disponiéndolas en una especie de plataforma de madera, que luego era arrastrada mediante troncos y cuerdas. Una vez en el lugar escogido, se levantaban formando una pirámide de piedras en la espalda del moai. Esta pétrea plataforma, quizá, sirviera también para ponerlas el característico sombrero, una especie de turbante elaborado con escoria roja. Por último, una vez erguido, se tallaban las cavidades de los ojos, que estaban hechos de coral blanco. Se supone que, una vez colocados los ojos, el moai cobraba vida, ya estaba completo.

Moais en el ahu de Anakena

Hacia finales del siglo XVI el culto a los moais comenzó a dejar de practicarse y muchos se quedaron a medio terminar en las canteras. Pero, ¿por qué se quedaron tantos, casi 400, a medio terminar? Las razones todavía pertenecen al reino de la hipótesis y la conjetura. Quizá una vez terminados, eran considerados indignos, quizá llegó un momento en el que se quedaron sin los recursos suficientes para terminarlos, o puede que algún conflicto interno pusiera fin a una práctica que consumía un sinfín de energías y materias primas. La respuesta a este fascinante misterio todavía deberá esperar a futuras investigaciones arqueológicas.

Moais abandonados en la ladera del volcán Rano Rarako

Lo que sí sabemos con certeza es que la erosión, la presión turística y la falta de medios amenazan hoy la conservación de los vigías de piedra. Ya a finales del siglo XVIII, al poco de llegar los europeos, no quedaba casi ninguno en pie. Aunque hoy en día algunos se han vuelto a levantar y los isleños los miman con sumo cuidado, conscientes de su potencial como reclamo turístico, si no se toman medidas de conservación puede que en un futuro se pierdan para siempre entre las brumas del tiempo.



¿Se perderán los moais para siempre?


 
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